El sello del calor
El juego de la cera es una práctica de umbrales. Cada gota de cera que cae lleva consigo una temperatura precisa, la temperatura de la vela específica de la distancia concreta a la que se sostiene, modificada por el arco de su descenso, y aterriza en la piel como un contacto breve y agudo que se resuelve casi inmediatamente en calor. La sensación no es un dolor sostenido: es un momento agudo y claro de intensidad que pasa, dejando tras de sí un calor que es, en sí mismo, una experiencia distinta.
El patrón que se desarrolla durante una sesión, la distribución acumulada de cera por el cuerpo, es a la vez estético y sensual.


Dónde caen las gotas, cómo se disponen, a qué zonas se presta atención y a cuáles no: estas decisiones pertenecen a la persona que sostiene la vela y conforman, con el tiempo, un registro específico de la geografía de la sesión. El cuerpo se convierte, en esta práctica, en un registro de la atención: cada gota solidificada marca un momento específico en un lugar específico.
El sonido de la cera al enfriarse y romperse con el movimiento del cuerpo forma parte del paisaje sensorial. Lo mismo ocurre con el olor de la cera al derretirse: las distintas variedades producen aromas diferentes, parte de la selección que conforma la calidad específica de la experiencia.
El efecto visual de la cera sobre la piel, en ciertos tipos de luz, tiene una cualidad que es genuinamente bella: escultural, temporal, íntima en lo que documenta.
La retirada de la cera, la exfoliación, que se produce gradualmente o de una sola vez, es su propia práctica. La microsensación de cada pieza al despegarse de la piel produce una calidad de estimulación distinta de la aplicación: no aguda sino amplia, no localizada sino difusa, una especie de atención sobre toda la superficie que sigue al contacto más focalizado de las gotas. Lo que la piel aporta a continuación es una sensibilidad que persiste durante algún tiempo, tras haber recibido una activación repetida, sigue siendo receptiva e intensa.

