La segunda piel
El látex crea un entorno sellado. Cuando el material se adhiere a la piel, se tensa, se alisa en su sitio, crea una compresión constante y total, una segunda piel que comunica su presencia con cada respiración y cada movimiento. El cuerpo dentro del látex está aislado del mundo de una manera muy específica: no puede sentir el aire, no puede sentir la textura, sólo experimenta el tacto a través de la mediación de esta segunda piel. Esta alteración de la experiencia sensorial normal es en sí misma una práctica.
El proceso de vestirse de látex es ceremonial a su manera. El material requiere preparación, pulido, ajuste cuidadoso y atención al detalle en cada punto de contacto.


Esta atención que se transmite a través del proceso de preparación forma parte de lo que se ofrece: la persona que se viste es objeto de un cuidado centrado y deliberado, su cuerpo es tratado con la especificidad que requiere este material. El aroma del látex fresco, su tacto particular, la forma en que la luz incide en su superficie: todo ello construye un mundo sensorial específico que pertenece por completo a este contexto.
Dentro del látex, el cuerpo se calienta. La compresión es constante, la superficie sellada: esto crea un calor que es a la vez sensorial y simbólico, un recordatorio de la contención.
Moverse dentro del látex suena y se siente diferente, cada gesto está ligeramente alterado, ligeramente restringido, ligeramente lastrado por el material. Esta alteración del movimiento ordinario es su propia forma de recordatorio: el cuerpo no es actualmente libre en su forma habitual.
El estado producido por el tiempo prolongado en látex se describe sistemáticamente: una mayor sensibilidad a cualquier contacto con el exterior del material, una mayor interioridad, una cualidad de estar aislado del mundo habitual que produce su propio tipo específico de concentración. Cuando finalmente se retira el material, la respuesta de la piel al aire libre es aguda e inmediata.

