Jugar al piercing
La aguja es la herramienta más íntima que existe. Su entrada es precisa, su paso a través de un tejido específico, su huella exactamente tan grande como la geometría del metal que la fabrica. Nada en Needle Play es aproximado: es una práctica de precisión milimétrica, de presión calibrada, de atención tan concentrada que el mundo circundante desaparece por completo en su ejecución.


Las agujas de sutura no se utilizan para una modificación permanente, sino para una marca temporal: a través de la piel crean una experiencia corporal que es temporal en su rastro físico, pero a menudo permanente en su significado psicológico. Los hilos pueden disponerse en patrones geométricos, pueden utilizarse para dibujar un diseño específico en la superficie del cuerpo, pueden colocarse en lugares concretos por sus propiedades sensoriales específicas. En cualquier caso, el cuerpo se convierte en el lienzo, no en sentido metafórico, sino literalmente: la superficie sobre la que se realiza una obra específica y deliberada.
La sensación es específica e inmediatamente presente: la entrada brusca, seguida del calor particular del tejido que ha sido penetrado pero no dañado en el sentido traumático.
El receptor aprende, con el tiempo y con una buena orientación, a respirar hacia la aguja en lugar de alejarse de ella, a permitir que la agudeza se traduzca en una forma de presencia en lugar del reflejo de retirada. Esta entrega es en sí misma una práctica: el descubrimiento de que las respuestas protectoras inmediatas del cuerpo pueden superarse conscientemente, y que lo que hay al otro lado de ellas es una cualidad específica e inequívoca de la sensación.
La retirada del hilo al final de la sesión es una experiencia en sí misma: una secuencia inversa de entradas, cada retirada produce una pequeña liberación, el cuerpo se cierra detrás de cada punto al salir. Lo que queda después en la piel, las pequeñas marcas de la entrada, el enrojecimiento de los caminos trazados, es temporal. Lo que queda en la memoria no lo es.

