La sinfonía coral
La sensación se multiplica cuando hay más de una persona presente. Se trata de un simple hecho fisiológico, pero sus dimensiones psicológicas son considerablemente más complejas. El sexo en grupo, practicado con intención y una negociación clara, no es un caos: es un tipo específico de orquestación, en el que múltiples cuerpos y múltiples deseos se disponen unos en relación con otros de forma que producen efectos que dos personas solas no pueden crear.
La cualidad de ser tratado desde varias direcciones simultáneamente, diferentes toques, diferentes presiones, diferentes ritmos que llegan a distintos puntos del cuerpo.


Al mismo tiempo, crea una saturación de sensaciones que desborda la capacidad de la mente para procesar y organizar la experiencia. El monólogo interno habitual que acompaña a la intimidad física, la autovigilancia, la anticipación de lo que vendrá después, se vuelve imposible de mantener. Hay demasiadas cosas que gestionar a la vez. La mente deja de gestionar y, en su lugar, empieza a recibir.
Lo que a menudo se subestima en la experiencia del sexo en grupo es la dimensión social: la dinámica entre las personas presentes, las jerarquías que surgen o se establecen de antemano, el modo en que la presencia de otros cambia la experiencia para todos los implicados.
Estas dinámicas no son accidentales, forman parte de la práctica, y prestarles atención conscientemente es lo que separa una experiencia de grupo bien construida de una meramente física.
La vulnerabilidad de estar en el centro de la atención de más gente tiene una cualidad específica: más expuesto, menos capaz de esconderse, el manejo social habitual de cómo uno se presenta completamente indisponible. Muchas personas consideran que lo que produce, la apertura forzada, la imposibilidad de mantener la compostura bajo una estimulación tan completa, es uno de los estados más honestos que han encontrado en la intimidad física.

