El eclipse de los sentidos
Los sentidos son los canales a través de los cuales construimos nuestra versión de la realidad. Si los quitamos, cerramos los ojos, sellamos los oídos y restringimos el sentido del tacto, lo que queda es la mente a solas consigo misma, en un espacio interior que normalmente está demasiado atestado de información entrante como para experimentarlo directamente.
La privación sensorial crea deliberadamente este espacio. La venda o capucha que impide ver, los auriculares que impiden oír, las restricciones que impiden explorar el espacio a través del tacto... todo ello crea un entorno en el que la mente no puede orientarse por sus canales habituales.


El resultado no es la vacuidad: es una intensificación de la experiencia interior y, paradójicamente, una potenciación de cualquier estímulo externo que logre penetrar la privación.
El tacto, bajo privación sensorial, se experimenta con una especificidad e intensidad que las circunstancias ordinarias no producen. Un solo dedo pasado lentamente sobre la piel privada se experimenta como algo mucho mayor, el cerebro, hambriento de su entrada habitual, amplifica la señal que recibe. Temperatura, presión, textura: todo llega con una claridad inusitada, casi sorprendiendo al sistema nervioso con su presencia.
El sonido, de manera similar: una sola palabra pronunciada en privación proviene como de una calidad de silencio diferente a la del sonido ordinario.
El estado interno producido por la privación sensorial prolongada se describe como meditativo, expansivo y, para quienes permanecen en él en lugar de luchar contra él, sorprendentemente pacífico. La narrativa habitual del yo, el comentario interno que acompaña a la experiencia de la vigilia, se silencia por falta de material que comentar. Lo que se consigue en esta quietud es una cualidad de presencia pura que la vida ordinaria, atestada de estímulos, rara vez permite.

