El culto a las fundaciones
El pie es, en la mayoría de los contextos sociales, la parte más ignorada del cuerpo humano. Lleva peso, recorre la distancia, entra en contacto con el suelo, y casi nunca se le reconoce, nunca se le trata con atención deliberada. Esta negligencia es precisamente lo que hace que el culto al pie sea un vehículo tan eficaz para un tipo de devoción muy específico: la atención directa a lo que está más abajo, lo que más se pasa por alto, lo que más se da por sentado.
La práctica es meditativa en su estructura. Las manos y la boca se mueven lentamente, con auténtica atención: el arco del pie, la curva de cada dedo, el calor de la piel, los contornos específicos de este cuerpo particular.


No hay prisa en la auténtica adoración con los pies, el ritmo lo determina la propia práctica, que requiere una cualidad de presencia que se resiste a la prisa. La mente que sigue atentamente cada movimiento no tiene espacio para el ruido de fondo habitual de la vida cotidiana.
Desde la posición que requiere el culto a los pies, más abajo, mirando hacia arriba, el mundo visto desde un ángulo diferente, algo cambia en la arquitectura habitual de la identidad. La persona que ocupa esta posición no está disminuida: ha elegido una postura concreta, plenamente consciente de lo que representa. La elección marca la diferencia.
La sumisión elegida y no impuesta tiene una cualidad de dignidad que la sumisión coercitiva nunca podrá tener.
La experiencia sensorial de la persona a la que se honra, el cuidado lento y atento que rara vez llega a esta parte del cuerpo, es en sí misma una práctica: al recibir esta cualidad de la atención, se invita a estar presente en ella, a permitirla, a habitar el papel de la persona a la que se honra. La dinámica creada en este intercambio aparentemente asimétrico produce una intimidad que fluye en ambas direcciones.

