Acogida profunda
Hay una respuesta involuntaria, un reflejo, conectado a un nivel biológico y ancestral, que esta práctica exige superar. El reflejo faríngeo existe por razones biológicas, como protección. Aprender a liberarlo, a elegir conscientemente la apertura donde el cuerpo se prepara para el cierre, requiere una cualidad de confianza y una cualidad de presencia que va mucho más allá de lo mecánico. Por eso, la garganta profunda, practicada con intención, es tanto una disciplina mental como física.


El proceso comienza con la respiración. Concretamente, con aprender a respirar a un ritmo que mantenga la garganta relajada, lo que evita la tensión anticipatoria que desencadena el reflejo antes incluso de que se produzca el contacto. No es algo que ocurra en una sola sesión, es una apertura gradual, llevada a cabo a lo largo del tiempo, en la que cada umbral cruzado revela el siguiente. El cuerpo, con una guía constante y suave, demuestra ser más capaz de adaptarse de lo que nadie espera.
El momento de aceptación plena, cuando la garganta se abre completamente y recibe sin resistencia, tiene una cualidad que los profesionales describen con una coherencia que trasciende las diferencias culturales y personales.
Hay una plenitud en ello, una sensación de no tener reservas, nada retenido, ningún límite inamovible. La voz desaparece. El pensamiento externo desaparece. Lo que queda es la presencia: absoluta, sin complicaciones, totalmente en el cuerpo.
La conexión que crea esta práctica es específica y difícil de encontrar en otro lugar. Es íntima de un modo que elude los filtros habituales de la interacción social, no hay distancia, no hay capa protectora, no hay nada mediado. El aspecto de alguien en ese momento, los ojos que permanecen abiertos y presentes, la calidad de la entrega en el cuerpo, es una de las cosas más honestas que otra persona puede ofrecer. La atención con la que se recibe esta apertura determina todo en lo que se convierte la experiencia.

